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EN LA NIEBLA


EN LA NIEBLA

Son más de las cinco y media de la tarde, la montaña esta cubierta por un manto de nube densa y llena de misterio. En un roquedo, un grupo familiar del carnero de Berbería, también llamado, de manguitos, o simplemente arruí, pasta tranquilo, sin embargo una hembra monta guardia y no pierde detalle a una silueta oscura que surca los cielos, quizás un águila real. Posiblemente eso la distrae ante la presencia mucho más cercana de mi teleobjetivo.
En otro tiempo podría haber sido un leopardo el que estuviera recechando a los carneros salvajes, probablemente bajo la figura mayestática de un bosque de cedros, no eran excepcionales los ejemplares melánicos (negros) de estos felinos, por estas montañas del Atlas central, en la actual Marruecos.
Y aunque todavía tengo el sabor dulzón y refrescante del té a la menta, no estoy en África , sino en Sierra Espuña, junto con María estamos escondidos tras unas peñas inundados por un silencio tenso, solo es cuestión de esperar.
Aunque no estoy a favor de la introducción de animales exóticos en lugares que nos les corresponden, no dejan de parecerme maravillosos estos muflones africanos, con su fleco elegante en el pecho y su porte imponente. Cuando la hembra vigía se tranquiliza, van pasando no lejos de nosotros toda la manada, de unos quince ejemplares, hay dos o tres machos imponentes. Por un momento sueño en esa parte del norte África, y me siento inmerso en un tiempo no tan lejano, dónde hasta leones de melena negra se movían entre árboles centenarios y estepas montanas.
Un poco más abajo, ya en el pinar de Pino Carrasco, con un denso matorral de coscoja, romero y jaras, nos detenemos a buscar la ardilla endémica de estas montañas, la subespecie de Hoffmanni, un poco más oscura y con algunas peculiaridades en su comportamiento, como lo es la construcción de sus nidos circulares.
El bosque está demasiado silencioso, y al quedarse quieto con la cámara en la mano, solo es interrumpido por algún piar sutil y solitario. De repente un pajarillo revolotea entre las ramas medias de un pino, sin duda es un párido, y pienso en un carbonero, pero al enfocarlo con el lente de largo alcance me quedo fascinado ante su curioso copete, se trata de un Herrerillo Capuchino (lephophanes cristatus) un ave que nunca había visto en estado salvaje. Aunque el contraluz es brutal, consigo una o dos fotos, si no buenas, al menos testimoniales e identificativas de la especie que me ocupa. Y no lejos de ahí aparecen dos o tres carboneros garrapinos (periparus ater) que también tenía ganas de fotografiar…
Así perdido, embobado en la observación de las copas arbóreas, detecto a un piquituerto (loxia curvirostra), con ese pico torcido que parece una deformación de la naturaleza, cuando en realidad es una excelente herramienta adaptativa que lo hace un especialista a la hora de abrir piñas.
En algún momento de la observación uno se siente conectado, enganchado al bosque, y es ahí dónde un pequeño ruido me conecta con la ardilla hoffmanni, también la primera vez que la veo y me permite hacerle algunas fotos y una pequeña grabación.. Estoy feliz por todo lo que está dando de sí el día, y mientras sigo con la cabeza girada hacia arriba para no perderme detalle, María me dice alarmada… ¡Antonio, Antonio, Antonio…! Detrás de ti… A mi derecha un precioso zorro me contempla con una pelambrera otoñal perfecta… Las cinco primeras fotos salen movidas, los nervios me pueden, mientras tanto el cánido me muestra solo los cuartos traseros mientras desaparece en el pinar.

 

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Lo normal es adiós al zorro, pero tras quedarnos un rato en silencio, María me señala con la mano delante de mí… ¡Ahí está! Solo se le ve la cabeza, nos está observando, estoy seguro que si tuviera una cámara nos habría fotografiado a nosotros… Nos quedamos congelados, y luego muy poco a poco nos sentamos en el suelo, entre la pinaza. Todavía alucino, un zorro un poco más joven que el anterior viene directo hacia nosotros, al principio claramente no nos ve, ¡Y no es el mismo que asoma tras lo matorrales!
He visto, fotografiado y filmado bastantes zorros, pero no recuerdo ejemplares tan bonitos.. El que viene hacia nosotros, se para, nos detecta y se desvía, tras quince minutos de “te veo, no te veo”, un tercer ejemplar entra en escena ¡es una pasada!
Por lo que se de estos animales, se trata de una hembra con dos jóvenes subadultos, uno de ellos macho.
Así es el bosque, a menudo todo el día para no ver casi nada, y una tarde nublada está cargada de sorpresas, sin embargo, tal y como empezó, así terminó, y al rato la masa forestal parece de nuevo un convento vacío, un territorio de nada, solo intenso olor a pinos, setas, niebla y más silencio… Es hora de volver a casa, eso sí con el alma vibrante, ha sido un viaje imaginario al Atlas marroquí y uno completamente real a la Sierra de Espuña, Murcia, a una escasa hora de nuestra casa.
Con el alma llena de vida tomamos la carretera de vuelta.
Antonio Iborra

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